lunes, 28 de noviembre de 2011

Una marca-ciudad que no deja indiferente...

CIUDAD: Barcelona.
LOGO-SÍMBOLO: Sagrada Familia.
ESLOGAN: La perfecta armonía entre historia y modernidad.

¿Por qué Barcelona? Porque es una metrópoli que concentra una variedad arquitectónica de diferentes estilos que ha sabido adaptarse al modernismo y acogerlo como principal símbolo distintivo de la ciudad.

Si atendemos a sus características más destacadas tenemos que viajar en el tiempo desde la Edad Antigua hasta la Moderna, pasando por la Edad Media. El siglo XX hizo de la ciudad un punto económico y de transporte destacado, que impulsó grandes y ambiciosos proyectos tanto económicos culturales. No obstante, y sin duda alguna lo que permitió asentarla como marca-ciudad fue “el gran evento” celebrado en 1992: Los Juegos Olímpicos (Juegos de la XXV Olimpiada) y que supuso un innovador motor de desarrollo urbanístico.
Finalmente, tras diversas alternativas para señalar un eslogan me he decantado por:

La perfecta armonía entre historia y modernidad



Así y ya que el eslogan muestra en cierto modo la orientación que toma el concepto integrador, esta afirmación pone de manifiesto lo expuesto anteriormente. Una armonía que tiene como puente renovador la XXV Olimpiada y el elevado índice turístico anual que caracteriza a Barcelona.





Fuentes:
-HEINLE; Por las calles de Barcelona; Madrid; 2010.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Barcelona: la magia de la primera gran ciudad de unos zapatos vagabundos.


barcelonaconlaura.blogspot.com

En ocasiones, las ciudades están dotadas de tanta magia, que a primera vista se escapa a nuestros ojos. Es así, y tomando Barcelona como referencia de las primeras entradas de mi blog, como quiero mostraros tan importante ciudad desde los ojos de una escritora natal de la misma: Carmen Laforet.

Concretamente voy a referirme a Nada, una novela que lo que pone de manifiesto es la descripción que la autora tiene de la ciudad. Una ciudad en la que se estableció en el contexto de la posguerra civil española. Una descripción sobre su adolescencia con descripciones atractivas de una ciudad mágica que supo sobrevivir a las cicatrices de una guerra, traduciendo la negatividad de sus calles en un aire de renacida alegría.

Se ha engrandecido, con sus monumentos, con sus Ramblas, llenas de luz, flores, pájaros… Laforet nos muestra una Barcelona íntima, con piedras antiguas permanentes en su barrio gótico. 



PRÓLOGO (P. 23) Nada:
Soliaria, buscaba mi Barcelona. y, como he dicho, su vida a mi manera, pero más íntimo aún era mi encuentro con sus piedras viejas, su gran latido de siglos en el barrio Gótico... La Barcelona modernista no tenía cabida en mis itinerarios. La eflorescencia misteriosa de las piedras de Gaudí (que hoy me parecen consustanciales al amplio espíritu de Barcelona) no sólo no llamaba mi atención, sino que quizá, por rebeldía contra mi abuelo (pintor) y mi padre (arquitecto), que lo admiraban, borraba esa arquitectura de un plumazo. Me parecía horrorosa, de mal gusto anticuado. No la veía...

Santa María del Mar, con su primitivo gótico catalán, me fascinaba. Los alrededores del puerto. Las Atarazanas (entonces cerradas), la calle de Montcada, con sus viejos palacios semirruinosos. También me sentía orgullosa de pertenecer a una tertulia de chicos que hacían su servicio militar en recuperación artística. En sus horas fuera de servicio, podíamos reunirnos nada menos que en el palacio de la Virreina, barroco puro, en la rambla de las flores. Los jóvenes soldados y su jefe inmediato, el crítico de arte Monreal, me hablaron de Barcelona, sus misterios del pasado y los proyectos de sacar a la luz antiguos sillares romanos, cimientos del gótico. También me llevaron a lugares prohibidos al profano, como el monasterio de Pedralbes , para admirar los frescos de Ferrer Bassa.

Y, sin embargo, de alguna manera misteriosa, Barcelona está en Nada. No sólo lo sé porque yo lo vea, sino porque tantos otros han visto también esos recuerdos míos y me han comunicado su impresión de ellos (…) Barcelona, en mi obra, es un fantasma que aparece por sugestión singular a los ojos de algunos lectores y, desde luego, a los míos. Pero que cuando quiero apresarla en textos -en un alarde de erudición muy impropio de mí- se esfuma y me deja sin referencias para dar una charla sobre ella.



LAFORET, CARMEN; 2007; Nada; (Austral, Madrid).
   

domingo, 20 de noviembre de 2011

Toda ciudad tiene su propia personalidad, y dicha personalidad contribuye a erigir el proyecto que pretende

¿Qué pretende ser una ciudad? ¿qué imagen transmite? 
Una ciudad no es un simple conjunto arquitectónico, sino todo un conglomerado de pequeños detalles que sus habitantes construyen de forma gradual, con el paso del tiempo, aportando opiniones y obras; y sobre todo: vida. Son los ciudadanos los que se encargan de inyectar la personalidad necesaria que permita diferenciarla del resto.

Son autores como Carlos Ruíz Zafón los que se han identificado con las ciudades de sus libros; considerando que él es Barcelona, que dicha ciudad es quién mejor le define y que sus libros son solo una mera descripción de la misma. Una Barcelona grande, de la primera mitad del siglo XX, desde los últimos esplendores del modernismo a la posguerra, con reflexiones y opiniones que ponen de manifiesto la magia de esta tan cosmopolita ciudad española.

Hacía un día espléndido, con un cielo azul de bandera y una brisa limpia y fresca que olía a otoño y a mar. Mi  Barcelona favorita siempre fue la de octubre, cuando le sale el alma a pesar y uno se hace más sabio con solo beber de la fuente de Canaletas, que durante esos días, de puro milagro, no sabe ni a cloro. Avanzaba a paso ligero, sorteando limpiabotas, chupatintas que volvían del cafetito de media mañana, vendedores de lotería y un ballet de barrenderos que parecían estar puliendo la ciudad a pincel, sin prisa y con trazo puntillista. Ya por entonces, Barcelona empezaba a llenarse de coches y a la altura del semáforo de la calle Balmes observé apostadas en ambas acercas cuadrigas de oficinistas con gabardina gris y mirada hambrienta, comiéndose un Studebaker con los ojos como si se tratase de una cupletera en salto de cama. Subí por Balmes hasta Gran Vía, viéndomelas con semáforos, tranvías, automóviles y hasta bicicletas con sidecar.


 Daniel Sempere 
 La Sombra del Viento - Carlos Ruíz Zafón (p. 74)